Construyamos juntos una mejor sociedad.
La hora de la política
Juan José Rodríguez Prats
En 1940, Efraín González Luna dijo una frase de gran actualidad: “La política es todo; todo desemboca en ella, no puede dejar de hacerse política. Lo que debemos definir en México es qué política debe hacerse y por quiénes”. La democracia, por ser el más ético de los sistemas, exige mayor calidad en los políticos. Al resolverse los conflictos en las instituciones que la misma democracia ha creado —como es el Congreso—, la templanza de los políticos, su carácter y su condición humana se perciben más al haber mayor transparencia, mayor comunicación y mayor difusión.
Las dictaduras cooptan o eliminan a sus adversarios, evitan la confrontación de ideas, prevalece la opacidad. Nuestra democracia, frágil y embrionaria, ha evidenciado un balance negativo de la clase política mexicana. En otras palabras, nuestro mayor déficit es político. No hemos estado a la altura de lo que el país demanda y eso ha generado una degradación de la política y, a su vez, el desaliento ciudadano.
Don Jesús Reyes Heroles señala que “tan difícil y peligroso es para una revolución eliminar usos y abusos del antiguo régimen, que tienden asimismo a prolongarse como desterrar usos y abusos que por naturaleza de las cosas se engendran durante su propio devenir”. El diagnóstico es certero: nuestra transición equivale a una revolución y se han juntado males de viejo cuño con desvíos recientes, como el inmenso poder, sin contrapesos, de los gobernadores que recuerdan las formas caciquiles supuestamente superadas.
¿Qué requiere una nueva política? Digamos con Perogrullo: otra clase de políticos. Y la responsabilidad es de todos: de los partidos políticos para formarlos y de la ciudadanía para saber detectarlos y darles su apoyo. Desconfío de los textos y de las escuelas para formar líderes. Nelson Mandela tenía como aula una celda en la que ni siquiera podía extender los brazos. Los líderes surgen en condiciones totalmente disímbolas y en diferentes circunstancias. Hay que decir con tristeza que la historia de México, distorsionada por el oficialismo, nos ha transmitido una versión en bronce de nuestros personajes históricos que, con notables excepciones, se han derrumbado al paso del tiempo.
Creo que debemos iniciar por un discurso político diferente: auténtico, verosímil, verificable, accesible y congruente. Siempre hay forma de comunicarnos mediante la palabra, pero sólo a través de la cultura política podemos mejorar la relación político-ciudadano. En contra de lo que los romanos creían, no es necesario ser bueno para ser buen orador. Los mentirosos y los demagogos también llegan a convencer. Por eso los mexicanos debemos ver más allá de la mercadotecnia y detectar la manipulación para percibir la calidad de quienes pretenden alcanzar posiciones de poder.
Necesitamos una buena dosis de sentido común para precisar la agenda de los asuntos importantes y encontrar las coincidencias. Alfonso Reyes, en su Cartilla Moral, insistía en saber distinguir lo principal —en lo que se tiene que ser riguroso— de lo secundario —en lo que se puede condescender— y de lo trivial, en lo que ni siquiera hay que detenerse.
La política no solamente es el arte de lo posible, lo cual implica cierto conformismo. Es indispensable hacer posible lo necesario, lo cual conlleva, sin discusión alguna, dos ingredientes: honestidad y patriotismo, dos cualidades que pueden reflejar cierta ingenuidad, pero sin las cuales no puede haber buena política.
Todos los países que han logrado desarrollo y bienestar para la ciudadanía han sabido deslindar la economía de la mala política. He ahí otro requerimiento en las circunstancias actuales.
No hay atajos para mejorar nuestra democracia. Perseverancia ciudadana y responsabilidad política. En el núcleo, un inmenso arraigo en la conciencia de nuestros deberes. Una propuesta difícilmente realizable, pero es la única.
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