DÍA CON DÍA. Héctor
Aguilar Camín
2012-08-02 •
La democracia llegó
a casi todos nuestros países del brazo de las reformas de mercado impuestas por
la globalización. Los resultados de esas reformas son pobres en sus números
económicos, más pobres aún en sus efectos sociales.
No han generado un
consenso activo de modernidad, porque no han ofrecido rendimientos
generalizados de bienestar. Por ello, junto a las euforias democráticas crecen
los desencantos y las incertidumbres del proceso. Vemos surgir Estados
democráticos legítimos en su origen, pero débiles en la construcción de proyectos
cohesivos de futuro, con horizontes claros de crecimiento económico y
oportunidades para todos.
Las democracias
latinoamericanas, al igual que la mexicana, tienen fortalezas en diversos
ámbitos, particularmente en el de las elecciones, pero su trama institucional
es aún débil y su ciudadanía de sustento está todavía en formación.
Son democracias
intervenidas por costumbres y creencias predemocráticas, por poderes de facto,
económicos o políticos, por condiciones de desigualdad social que traban su
funcionamiento y aplazan el reparto de los beneficios.
Vivimos la paradoja
del triunfo de sistemas democráticos montados sobre culturas cívicas y tramas
institucionales pobres. La democracia no se ha vuelto segunda naturaleza de
nuestras ciudadanías.
Tenemos una
ciudadanía a medio hacer y una institucionalidad democrática que es nuestra
novedad más que nuestra costumbre.
La posibilidad de
asentarse para esas democracias nuevas es que se encuadren en un horizonte de
bienestar colectivo que haga verdad entre nosotros la difícil mancuerna de
crecimiento económico con equidad social.
El historiador
norteamericano de Zapata, John Womack, ha dicho esto de la manera más sencilla:
“La democracia no produce por sí sola una forma decente de vivir. Son las
formas decentes de vivir las que producen democracia”.
Demoler sistemas
políticos autoritarios no basta para tener una democracia. Además hay que crear
las condiciones económicas, sociales y culturales que la sostienen, que la
hacen una segunda naturaleza, un hábito, una costumbre social.
En los nuevos
actores de la democracia mexicana pueden verse los vestidos a medio terminar.
Tenemos partidos políticos que necesitan refundarse, una clase política en
busca de nuevos códigos de negociación, unos medios de información sin contrapeso
como poder público.
Los ciudadanos, por
su parte, creen poco en la ley o en la autoridad, y mucho en las pedagogías del
pasado, con su larga cola de mentiras y sospechas.