• 31 Marzo 2012 - 5:42am — Víctor
Hugo Michel
"MILENIO" visitó una clínica nayarita dirigida por una estudiante
africana, en la que se aplica dicho tratamiento; en seis años atendió a 400
pacientes de varios países, muchos de los cuales avalan la efectividad de los
resultados.
Nayarit • Llegan ansiosos,
empapados de sudor frío, con mareos, taquicardias y las venas de los brazos
ennegrecidas. Algunos literalmente están hechos pedazos cuando bajan del avión
y arriban a la costa mexicana del Pacífico. Clare Wilkins ha visto cuadros de
todo tipo: desde los tranquilos hasta los que están casi en shock, en lo más
profundo de los temblores de la abstinencia.
Esta estudiante sudafricana de
psicología, que de todos los lugares posibles terminó en México tratando
adictos a las drogas, lleva la cuenta de sus pacientes en la cabeza. En su
pequeña clínica de San Francisco, un pueblo pesquero de Nayarit,
dice haber atendido en los últimos seis años a casi 400 personas de Australia,
Argentina, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Canadá y España, entre otros países.
Los testimonios de sus clientes
son diferentes y a la vez similares: “Yo tenía agujas rotas en el brazo”, dice
un ex adicto estadounidense. “Mis venas están destruidas”, cuenta un mexicano.
“He usado tantas drogas que me siento fatal, varios amigos se han muerto”,
narra un australiano.
Heroinómanos. Adictos a la
cocaína, al crack, los opiáceos y la piedra. Usuarios de metanfetamina.
Alcohólicos. Ex dealers, artistas, músicos, ejecutivos de disqueras, padres de
familia: hay de todo en esta clínica, una casa perdida en la playa nayarita, en
la que discretamente se atiende, diariamente y durante todo el año, a personas
con problemas de drogadicción.
El proceso, que podría definirse
como alternativo, se basa en el uso medicinal de la iboga, una raíz de origen
africano. Es un tratamiento que en Estados Unidos y parte de Europa occidental
es ilegal, pero que en México y Canadá, entre otros países, va en franco
crecimiento.
Sus defensores lo definen como lo
más cercano a una panacea en lo que se refiere al combate a la drogadicción,
pero su uso es aún tema de debate mediático en Estados Unidos. Algunas pruebas
han documentado su utilidad, aunque su aprobación como medicamento se mantiene
atorada en Washington ante la falta de más estudios. Varios gobiernos, como el
estadunidense, la tienen en su lista de sustancias controladas. En México no
existe ley alguna sobre su consumo.
La decisión final es del adicto.
“Hoy tenemos en la clínica a un muchacho que se inyecta metanfetaminas y
heroína en el cuello y en dos semanas podría estar superando su adicción”, dice
Wilkins, ex adicta a la heroína, metadona, benzodiozapinas y alcohol.
Está limpia desde que fue tratada
con la raíz africana en una clínica de Tijuana, en 2005, y atribuye su
recuperación a la ibogaína, el extracto de un árbol originario de la costa
oeste de África que se importa a México en cantidades controladas desde un
laboratorio de Canadá. Frente a la demanda, los primeros retoños ya han sido
plantados en Nayarit.
Muchos clientes de Wilkins llegan
a su clínica, conocida como Centro Pangea, en las peores condiciones,
experimentando los efectos de la abstinencia. Vienen en busca de una cura de
última oportunidad y pagan de diferentes formas. A algunos se les acepta
trueque. “Aceptamos hasta cajas de jalea de maní”, dice Clare. A otros se les
cobra entre 3 mil y 12 mil dólares por el tratamiento. Y cada año, a escala
global, la cifra de pacientes va en ascenso.
La historia de la ibogaina
arranca en el Distrito Federal, en 2001, año en el que el médico mexicano
Martín Polanco fundó la primera clínica. Desde entonces y ante la prohibición
en Estados Unidos, centros similares han brotado por el país, con colectivos de
tratamiento en Mexicali, Tijuana, Ensenada, Tepoztlán, Cancún y Puerto
Vallarta.
Sólo en Nayarit tres centros
diferentes están en funcionamiento, uno encabezado por Rocky Caravelli, un
estadunidense al que se considera precursor del movimiento de la iboga.
Curiosamente el grueso de los pacientes provienen de otros países: los
mexicanos son minoría. Gracias a internet la fama de la ibogaína es mayor fuera
de las fronteras de México que adentro.
Decenas de sitios promocionan
paquetes para visitar las clínicas del país, atendidas en su mayoría por
extranjeros, aunque la primera generación de especialistas mexicanos ha
comenzado a tomar forma. La demanda es elevadísima e incluye a clientes de
distintos continentes, incluida Oceanía.
Ese es el caso de Todd,
originario de Australia. Es un usuario de cocaína y MILENIO pudo acompañar a
Wilkins a recogerlo después de su llegada al aeropuerto internacional de Puerto
Vallarta.
“Mi novia me consiguió toda la
información sobre la ibogaína. Vine porque creo que es tiempo de dejar esto”,
dijo. Su tratamiento durará dos semanas. Regresará a Sidney a finales de abril.
En teoría, sin adicciones.
El proceso, según Clare, es
simple: previa valoración médica para descartar enfermedades que puedan poner
en peligro su vida, el paciente es admitido en la clínica, en la que
permanecerá por un espacio de 10 a 14 días. Durante ese lapso, dependiendo del
caso, se le administrarán de una a varias dosis de ibogaína, mediante las
cuales entrará en una especie de trance o “sueño”, un estado de introspección
profunda. Al final, si el tratamiento marcha conforme a lo planeado, dejará la
adicción de lado.
Un testimonio similar proviene de
un personaje que, hasta 2007, se ganaba la vida en los circuitos de full
contact de Tijuana. Como peleador profesional y callejero, Xavier El Dragón
Mondragón extrajo de su profesión una buena colección de cicatrices y la
adicción a la heroína. En su última pelea, en un ring enjaulado, terminó
inconsciente, derrotado. Estaba drogado en ese momento.
Mondragón fue atendido hace seis
meses en Ensenada, en el Centro de Tratamiento Hacienda de La Misión. “Mi
experiencia fue inesperada. La ibogaína me hizo dejar por completo la heroína.
No he vuelto a tener ninguna tentación”, afirma. Hoy vive en el retiro en las
costas de Nayarit.
Su historia es parecida a la de
muchos otros usuarios de ibogaína que han venido a México: una comunidad de ex
adictos comenzó a florecer después de ser tratados y dejar sus hábitos. En San
Francisco, sede de la clínica Pangea, una pequeña colonia extranjera ha echado
raíces en la pasada media década.
“Yo creo que aquí me voy a
quedar. No regreso a Estados Unidos”, asegura Rob Cavazzini, un guitarrista
profesional que llegó a México hace un mes para tratar de vencer su adicción a
la heroína. Tras su tratamiento, afirma que por primera vez en varios años no
ha consumido drogas en más de dos semanas.
—¿Fue la iboga?
—¡Sin duda, hombre! ¡Sin duda!
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