DÍA CON DÍA. Héctor
Aguilar Camín
2012-04-24 •
AL FRENTE
Oigo decir a mucha gente en muchas
partes que no votará o anulará su voto.
Lo escucho en la lógica de ejercer
una protesta, para manifestar un rechazo a todos los políticos sin distinción,
y, también, para salirse del brete de tener que votar por algún candidato de
carne y hueso, cuando ninguno convence.
Por lo que percibo en las redes
sociales, tendrá muchos seguidores la idea de abstenerse o votar nulo. La
experiencia de 2009 me lleva a pensar que, conforme se acerque la elección,
crecerán los partidarios del voto nulo, el cual jugó ya un papel en las
elecciones intermedias de aquel año.
Y un papel interesante. Si recuerdo
bien llegó a representar casi 10 por ciento del voto en Jalisco y algo más en
Puebla.
Conviene recordar que el voto nulo
funciona como una señal de protesta genérica, pero equivale a dejar que los
demás votantes decidan por uno.
Si esa protesta genérica no adquiere
una agenda visible, específica, vinculada a ciertas demandas de reforma y
cambios institucionales o legales, termina convirtiéndose solo en un rechazo
testimonial.
En el fondo es una forma indirecta de
votar por el ganador, al que el abstencionismo y los votos anulados le mejoran
automáticamente el valor porcentual de los votos que sí consigue.
Los votos efectivamente conseguidos
por el ganador valen más si el total de los votos válidos es menor. Diez votos
efectivos de cien, valen 10 por ciento. Los mismos diez votos efectivos de 50,
valen 20 por ciento. Los mismos 10 votos efectivos de 20, valen 50%.
En este sentido, el voto nulo tiene
el mismo efecto práctico que la abstención, aunque su registro pueda ser un
termómetro de la inconformidad ciudadana.
Ni el voto nulo ni la abstención
sirven para corregir instituciones o para castigar políticos. Como protesta
genérica, el voto nulo tiene un poco más de sentido en una elección intermedia,
pero en una presidencial consigue el efecto, probablemente no buscado por el
anulista, de dar mayor ventaja proporcional al ganador de la contienda.
Me sorprende la sorpresa con que
diversos interlocutores abstencionistas o anulistas escuchan este argumento.
Quien quiera influir en esta elección
debe votar, a favor o en contra de algo, por el candidato que le gusta o por el
que le disgusta menos o por el que menos abomina.
Esto es lo efectivo, y lo que será
contado en las urnas el día de la elección. Lo demás puede ser sintomático,
pero es testimonial y, en la práctica, solo ayuda al ganador.
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